Llegar no siempre es encontrar un hogar.
- 30 jun
- 6 min de lectura
Margie Duque, madre cabeza de hogar y sobreviviente colombiana, nos cuenta cómo ha sido su experiencia tras buscar ayuda y protección en España como alternativa a la explotación sexual y la violencia del padre de su hijo e hija.
Margie Duque Serna
El 30 de noviembre de 2024 llegué a Valencia, España. Lo hice llena de expectativas y con la ilusión de empezar una nueva vida junto a mis dos hijos, lejos del maltrato, el miedo y la violencia que habían marcado nuestra historia durante años.
Pensé que todo sería diferente.
No estaba completamente sola. En la ciudad vivían algunos familiares. Una de ellas fue la primera persona que me tendió la mano. Después de un inconveniente para ingresar al hotel que había reservado, fue a recogerme al aeropuerto, me llevó comida preparada y me abrió las puertas de su casa. Durante ese fin de semana me sentí acogida y protegida. Por un momento pensé que las cosas empezarían a mejorar. Pero el lunes llegó la realidad.
Las posibilidades de mi familia para ayudarme eran muy limitadas. Necesitaba encontrar un lugar donde vivir y comenzar de nuevo.
Sin embargo, había algo que no había dejado atrás: mis traumas también habían cruzado el océano conmigo. Los recuerdos de la explotación sexual, los maltratos, las amenazas y la persecución del padre de mis hijos seguían presentes.
Decidí buscar ayuda en un centro de atención para personas migrantes. Entré con la esperanza de encontrar comprensión, pero salí sintiéndome profundamente vulnerable.
Durante la entrevista tuve que contar mi historia una y otra vez. Sentía que debía demostrar constantemente que decía la verdad. Expliqué que era sobreviviente de explotación sexual, líder social y que había huido de las amenazas y de la violencia ejercida por el padre de mis hijos. Llevaba documentos que respaldaban mi trabajo comunitario y mi historia, pero nadie quiso revisarlos. Parecía que lo único importante era escuchar nuevamente mi relato.
Cada vez que lo contaba, revivía el dolor.
Salí de aquella entrevista completamente destruida. Solo quería llorar. Me preguntaba si había tomado la decisión correcta. Dudé de mí, aunque en el fondo sabía que no había emigrado por elección, sino porque necesitaba sobrevivir y proteger a mis hijos.
Finalmente fui remitida a un centro de acogida. Quiero expresar mi profundo agradecimiento a la Fundación Psicólogas Sin Fronteras. Sus profesionales estuvieron conmigo en uno de los momentos más difíciles. Me brindaron acompañamiento, me ayudaron con una noche de alojamiento y permanecieron a mi lado hasta que pude ingresar al centro.
Ese fue apenas el comienzo de mi historia como migrante. Descubrí que abandonar un país no significa dejar atrás el dolor. A veces, el verdadero viaje consiste en aprender a reconstruirse mientras el pasado insiste en caminar contigo.
El centro de acogida marcó el inicio de una nueva etapa. Era un lugar grande, habitado por personas procedentes de distintos países, todas cargando historias difíciles. Recuerdo la profunda tristeza que sentí al llegar. Me preguntaba cómo era posible que, teniendo familiares en la misma ciudad, tuviera que vivir allí.
Con el tiempo comprendí que cada proceso migratorio es diferente. Cada persona llega con heridas, sueños y circunstancias propias. Nadie puede recorrer ese camino por otra.
El primer día fue especialmente duro. Como parte del protocolo sanitario nos pidieron lavar toda nuestra ropa y bañarnos, tanto mis hijos como yo. Hoy entiendo que probablemente se trataba de una medida preventiva. Sin embargo, en ese momento lo viví como una profunda humillación. Venía huyendo de la violencia y sentía que nuevamente debía demostrar que era digna de recibir ayuda.
Durante los primeros días también recibí comentarios que cuestionaban mi decisión de haber llegado sola con mis hijos y otros cargados de estereotipos sobre las mujeres colombianas. Fueron palabras que me dolieron profundamente, pero decidí transformarlas en una oportunidad para crecer. Desde entonces adquirí la costumbre de llegar siempre quince minutos antes a cada cita.
Durante los cuatro meses que permanecí en el centro hubo momentos muy difíciles. En varias ocasiones sentí que era juzgada y que pocas personas creían realmente en mis capacidades. Incluso llegué a escuchar comentarios que me invitaban a regresar a mi país porque, según decían, aquí no lograría salir adelante.
Cada vez que salía de aquellas conversaciones lo hacía llorando, sintiéndome devastada y confundida. Pero había algo que nadie podía arrebatarme: mi fe.
Mientras algunos dudaban de mí, yo seguía convencida de que Dios tenía un propósito para mi vida y de que aquel lugar no sería mi destino final. Sería injusto quedarme únicamente con el dolor. Ese centro también representó oportunidades que marcaron el comienzo de nuestra nueva vida. Allí pude empadronarme, obtener mi tarjeta sanitaria y lograr que mis hijos fueran escolarizados de inmediato, además de acceder a una beca de alimentación.
Mientras ellos permanecían en el colegio, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, yo aprovechaba cada hora para trabajar limpiando casas y cuidando personas mayores. Poco a poco reuní el dinero suficiente para alquilar una habitación y, cuatro meses después, pudimos salir del centro.
Hoy, casi dos años después, sigo agradecida por aquella primera oportunidad. Continúo empadronada gracias a ese proceso. Sé que para muchos migrantes conseguir un padrón puede tomar años o implicar gastos imposibles de asumir. En España, estar empadronado significa existir administrativamente; sin ese documento muchas puertas permanecen cerradas.
Mirando hacia atrás comprendo que incluso las personas más difíciles dejan enseñanzas. Algunas llegan para tenderte la mano; otras, para poner a prueba tu fortaleza. En ese caso, decidí que ninguna definiría mi futuro.
Cuando salimos del centro encontramos una habitación para mis hijos y para mí. Era pequeña, pero representaba mucho más que cuatro paredes: era el comienzo de nuestra independencia y el primer lugar que podíamos llamar hogar.
Compartíamos la vivienda con otras mujeres colombianas. Desde el primer día me hicieron sentir parte de una familia. Compartíamos las comidas, las conversaciones después del trabajo y algunas salidas. En un país desconocido, ellas se convirtieron en el abrazo que tanto necesitaba.
Pero la tranquilidad duró poco. En la vivienda comenzaron a desaparecer alimentos y objetos personales. Todas las inquilinas trabajábamos y sabíamos que las pérdidas no provenían de nosotras. El ambiente se fue deteriorando hasta hacerse insostenible.
Una noche, el propietario descargó su frustración sobre mí. Vio mi vulnerabilidad como mujer migrante y madre soltera. Aunque nunca llegó a agredirme físicamente, ejerció violencia verbal y psicológica delante de mis hijos. Me insultó, me humilló e intentó intimidarme como si fuera a golpearme.
Busqué orientación jurídica con la esperanza de encontrar protección. Sin embargo, me explicaron que, al no existir una agresión física, lo ocurrido difícilmente tendría consecuencias legales. Aquella respuesta me hizo comprender que no toda violencia deja marcas visibles.
Ese fue otro de los muchos abusos que he enfrentado como migrante. Y eso sin contar lo que significa trabajar “en B”, como llaman en España al empleo sin contrato. Jornadas interminables, salarios que apenas alcanzan para sobrevivir y condiciones que muchas veces impiden incluso sentarse a descansar o comer durante horas. Son situaciones que vulneran la dignidad de cualquier persona.
Existen organizaciones que enseñan a las personas migrantes cuáles son sus derechos. El problema es que el miedo suele ser más fuerte que cualquier capacitación. Cuando tienes hijos esperándote en casa, el temor a perder el trabajo pesa más que la posibilidad de denunciar un abuso. Muchas veces la decisión parece reducirse a dos opciones: soportar o marcharte.
Hoy miro mi historia desde otro lugar. Después de un largo proceso, estoy a la espera de regularizar mi situación gracias a una nueva vía extraordinaria de regularización. Como solicitante de protección internacional, incluso conseguir una cita tomó más de un año. Cada paso ha requerido paciencia, perseverancia y mucha fe.
Ahora siento que el camino comienza a dar frutos. Tener documentos no representa únicamente un trámite administrativo. Significa vivir con tranquilidad, alquilar una vivienda sin miedo y dejar de sentir que la irregularidad convierte a muchas personas en blanco de abusos y humillaciones.
Si algo me dejó este proceso fue una certeza: el verdadero valor de un ser humano se demuestra en la forma en que trata a quien más necesita ayuda.
Hoy me reconozco como una mujer resiliente, líder, humanista y profundamente solidaria. Cada obstáculo fortaleció mi vocación de servicio. Cada humillación me enseñó cómo no quiero tratar a nadie. Cada puerta cerrada despertó en mí el deseo de abrir puertas para otras personas.
Porque llegar a otro país no siempre significa haber encontrado un hogar. El hogar no siempre es un lugar; muchas veces es la dignidad que una reconstruye poco a poco, incluso cuando todo parece perdido. Yo todavía sigo construyendo el mío.
Margie Duque Serna
Escritora sobreviviente.
Si tu o alguien que conoces podría estar en una situación de explotación sexual, recuerda que no estás sola. En la Fundación Empodérame ofrecemos servicios de atención psicosocial y jurídica gratuita. Además, puedes contar con los siguientes recursos:
📱 Línea 155 – Atención nacional para mujeres víctimas de violencia.
Disponible 24/7 con orientación jurídica y psicológica.
⚖️ Línea 122 – Fiscalía General de la Nación
Para denunciar hechos de violencia y recibir información sobre procesos judiciales.
🚨 Línea 165 – GAULA
Atención en casos de extorsión o situaciones relacionadas con redes de trata o explotación.
🌐 018000 522020 – Ministerio del Interior de Colombia
Línea nacional contra la trata de personas. Brinda asesoría y recibe denuncias.
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